sábado 19 de noviembre de 2011

Los tatuajes y la donación de sangre


“Si te tatuaste no podrás donar sangre ni órganos”: ¿es esto verdadero o falso?



Generalmente las instituciones hospitalarias optan por decir a los posibles donantes que deben esperar un año desde el momento en que se tatuaron. Otras más rigurosas directamente los excluyen de la lista de posibles donantes de sangre u órganos. Veamos cuánto hay de verdad detrás del mito urbano “no donarás si te tatuaste”.

Por lo general, en los locales donde se realizan tatuajes no entregan certificados de la fecha en que los realizaron. Por lo tanto, no hay modo de comprobar si ya transcurrió un año, dos meses o cinco años desde esa operatoria. Por otro lado, nos faltaría buscar una explicación científica para comprender en qué consiste el proceso de tatuarse.


Científicamente se considera riesgoso que un paciente reciba sangre de una persona que ha tenido tóxicos en su cuerpo, como por ejemplo de tatuajes, ya que las células crean anticuerpos que al entrar en la sangre del paciente pueden causar una reaccion inmunitaria grave y crear anafilaxia. Esto la puede llevar a la muerte.

Por otro lado, la persona al realizarse un tatuaje incrementa por un tiempo sus niveles de células blancas o de defensa en el cuerpo. Al pasar esta sangre a un paciente que se encuentra debil, estas celulas pueden atacar a la persona creando una “reacción injerto contra huesped que es mortal.


Lo que sucede tanto con los tatuajes como con las perforaciones es que se hace una herida en la piel para obtenerlos, por lo que comienza una proliferación aumentada de algunas células. Entonces la sangre donada no sería de buena calidad, ya que habría una sobrepoblación de macrófagos, linfocitos, fagocitos, etc.


Lo que ocurre es que al hacerte un tatuaje, la tinta que penetra en tu cuerpo es un agente extraño para él. Entonces, el sistema linfático intenta defenderse de ese cuerpo extraño (pigmento), eliminando el tatuaje y su tinta; de ahí que, con el tiempo, el color disminuya y los tatuajes se vayan borrando. De este modo, es lógico que no se pueda ni se deba donar sangre al tener tatuajes, porque tu sangre estaría, por decirlo de algún modo vulgar, contaminada.

Los tatuajes son considerados riesgosos porque las personas que se los realizan están expuestas a muchas enfermedades durante el proceso -afrontémoslo, eso es cierto nos guste o no- como VIH, hepatitis e infecciones sanguíneas de toda clase. Muchas de están enfermedades pueden estar latentes en nuestro cuerpo durante mucho tiempo antes de mostrar síntomas, y por lo general no se muestran en los exámenes que normalmente se hacen a la sangre que es donada por las personas.

Por ello, en líneas generales, la Cruz Roja pide que esperemos al menos un año antes de donar sangre luego de hacernos un tatuaje. Ese lapso de tiempo se debe a que el período de incubación de algunas enfermedades puede ser largo. Por ejemplo el HIV tarda 3 meses en aparecer en el test de Elisa, y en el caso de la hepatitis C son 160 días. En caso de que antes de la extracción de sangre hagan un examen de ETS y no haya transcurrido el tiempo de incubación, el resultado no sale en la prueba, pero la persona ya tiene el virus y puede contagiarlo. Las enfermedades tienen un período de ventana, es decir en el que por más análisis que te hagas no salen en los resultados.

Si te dicen que no podés donar sangre no se trata de discriminación sino de cuidar a los más vulnerables. ¿Lo pensaste?

viernes 29 de julio de 2011

El arte de la interpretación

Una interpretación fuera de sesión podría resultar agresiva, provocar rechazo, o incluso causar indiferencia. Interpretar implica un tiempo de tratamiento y cierta preparación por parte del paciente. El paciente deberá estar preparado para elaborar el contenido.
Como ejemplo pensemos en René...mmm jejeje


jueves 16 de septiembre de 2010

domingo 6 de diciembre de 2009

domingo 1 de noviembre de 2009

El Mito del Héroe

El siguiente es un extracto de mi Tesis de Licenciatura: “La Creación de Personajes Míticos y la Identidad del Adolescente” (Universidad Católica Argentina)

El mito del héroe, precursor en el tiempo de la idolatría de personajes populares, es un fenómeno que se observa con frecuencia en la adolescencia.

Otto Rank describió que en los mitos heroicos se trataba de engrandecer e idealizar a ciertos personajes que definieron el avance de la civilización, cuyas acciones de carácter ético estaban orientadas a construir un mundo mejor, fundadas en el principio de solidaridad y justicia social. Estos personajes se caracterizan, a su vez, por ser transgresores, e incluso llegar a traspasar el límite de lo prohibido, impuesto por la sociedad. Tienen la ilusión utópica de querer ordenar el mundo caótico y de lanzarse para ello a una aventura que constituye un viaje hacia lo desconocido. Este esfuerzo utópico, muchas veces lo lleva a una muerte trágica, la cual se produce en un tiempo prematuro y sin que su imagen haya envejecido y su valentía desvanecido. Al advertir la repetición del mito heroico en culturas distantes y en todos los tiempos, Otto Rank pone de manifiesto que existen en el ser humano estructuras psíquicas inconscientes, sin desconocer la hipótesis de los mitos a partir de un posible origen común. Siguiendo las ideas freudianas podemos afirmar que si las distintas culturas han construido o adoptado el mito del héroe, quizás sea porque ese mito ha despertado de modo inconsciente la realización de algún deseo infantil. Otto Rank analiza el mito del nacimiento del héroe encontrando notas semejantes en los diferentes pueblos: “El héroe desciende de la nobleza, su origen se halla precedido por dificultades, tales como la esterilidad de sus padres u otros obstáculos. Se produce una profecía que advierte contra el nacimiento, poniendo en peligro la vida del padre. El niño es abandonado y más tarde salvado por animales o gente humilde. Una vez transcurrida la infancia, descubre su origen noble, luego se venga de su padre y obtiene los méritos que le corresponden”.

La correlación del mito del héroe se advierte en la Novela Familiar del Neurótico, descripta por Freud a través de la cual el niño expresa el deseo de liberarse de los padres, a partir de imaginarse ser hijo adoptivo. Los mitos son creados por adultos mediante la regresión a las fantasías infantiles y el héroe se forma y consolida a partir de la historia infantil personal de quien elabora el mito. De ahí que la comprensión de la mitología haya sido considerada por el psicoanálisis como una vía relevante para el conocimiento del psiquismo, teniendo en cuenta que la Novela Familiar pone de manifiesto que el mito se situaría entre la fantasía y la realidad.

En el relato de las características del nacimiento del héroe, Otto Rank pone de manifiesto simbólica y figuradamente el conflicto psicológico del niño con el padre. Cobra fundamento la analogía del Yo del niño con el héroe del mito, por las tendencias coincidentes entre las novelas familiares y los mitos heroicos, puesto que el mito revela un esfuerzo por liberarse de los padres; y ese mismo deseo se desprende de las fantasías del niño, por la época en que trata de lograr su emancipación en la adolescencia. De este modo, el adolescente se identificaría con el héroe rivalizando con su padre, para diferenciarse de él, alcanzando éxito y triunfo en sus proyectos. El logro de la identidad, resultaría, así, ser toda una hazaña en la cual el adolescente tendría que sortear obstáculos en pos de su propia individuación.

miércoles 14 de octubre de 2009

viernes 21 de agosto de 2009

Psicopatología y Criminología


Desde tiempos remotos la relación entre los actos criminales y la locura resultó ser toda una incógnita. Se consideraba que las motivaciones que impulsaban esas conductas eran responsabilidad del diablo, del deseo libremente elegido de la malignidad como fin o de la carencia de religiosidad. Hoy por hoy la Psicología Criminal estudia las aptitudes, los procesos mentales, la personalidad y la motivación consciente o inconsciente del criminal, partiendo de la psicología del individuo hacia la psicología de los grupos sociales.
A continuación intentaré caracterizar cómo algunas de las grandes reagrupaciones psicopatológicas podrían relacionarse con acciones delictivas.

En la neurosis obsesivo compulsiva la angustia se controla a través de mecanismos de repetición. La persona reconoce que los pensamientos y actos repetitivos (rituales) son irracionales, sin embargo es incapaz de controlarlos ya que el no hacerlos representa para ella una mayor angustia porque cree que algo le sucederá. En el caso de los delitos se muestra claramente cómo no puede controlarse porque es mayor la angustia ante sus ideas obsesivas. Realiza la conducta porque le produce un alivio psíquico y el delito es evidentemente una conducta destructiva, simbólica y detallista, con proyección en núcleos psicóticos en el caso de los crímenes. La obsesión de conductas prohibidas representa una especie de tragicomedia de acciones criminales deseadas y temidas a la vez. Es importante para la criminología tener en cuenta que puede ocurrir que el sujeto pase a realizar la acción para aliviar su consciencia, lo que conlleva un descanso en la ansiedad del delincuente debido a la ejecución de la conducta criminal. Las obsesiones aritméticas son una obsesión al manejar cifras y realizar operaciones matemáticas que liberan la angustia. Esto explica algunos de los razonamientos lógicos bien estructurados de algunos criminales. Todo el comportamiento del obsesivo se caracteriza por rigidez, meticulosidad, detallismo y excesivo orden. También es posible que llegado al límite de la obsesión - compulsión comience un trastorno psicótico propiamente dicho.

Por su parte una persona fóbica en un ataque de pánico puede llegar a cometer acciones violentas y hasta homicidios sádicos para aliviar su tensión frente a la situación fóbica, ya que ésta le crea una gran tensión emocional que no puede controlar. La conducta delictiva puede desencadenarse imprevistamente porque el neurótico fóbico al entrar en una situación generadora de angustia, realiza un impulso incontrolable para salir de esa situación fóbica, pero que lleva a cabo a través de la agresión. En una situación fóbica altamente estresante, la angustia puede ocasionar desestructuración de la personalidad, en la cual los actos impulsivos de defensa hacen que el individuo sea peligroso desde el punto de vista criminológico.
La relación entre la psicosis y la criminalidad es estrecha debido a que en la conducta de agredir de modo destructivo en la psicosis predominan elementos confusionales. Las personas con trastorno psicótico tienen fallas en el juicio de realidad, que es la capacidad que permite al sujeto distinguir entre los estímulos provenientes del mundo externo y los provenientes del mundo interno. Como consecuencia de la desorganización de la conducta el psicótico homicida podría no tener en cuenta el borrado de las evidencias que lo involucrarían luego de una investigación policial. En muchas oportunidades aparecen en su dominio manchas de sangre y objetos de pertenencia de la víctima. En el momento del delito podría dar varias puñaladas, incluso al haberse asegurado que el cuerpo no tenía vida. Debido a estas características, propias de una personalidad desorganizada y caótica, que no planifica sus acciones, el autor del hecho generalmente es fácilmente reconocido, no sólo por los investigadores, sino por su entorno más íntimo.
La esquizofrenia es uno de los trastornos más graves de la personalidad en la cual la disociación con la realidad es grande. Los actos delictivos van desde aquellos casi pasivos hasta agresivos, sin causa que los justifiquen, desencadenadas por la fuerza de una impulsión sin freno. Al progresar la enfermedad el sujeto se encierra más en sí mismo, tiene choques más violentos con la sociedad y da muestras de no saber lo que hace. Además surgen odios inmotivados y accesos de cólera, que contribuyen a que sus actos delictivos pueden sorprender a cualquiera, sin que la víctima pueda prevenirse. La carencia de motivos desencadenantes es la característica principal de la criminalidad esquizofrénica. Esta puede asumir diversas formas, que van desde violencia física (lesiones, homicidio, suicidio) hasta hurto y robo, cuya finalidad puede ser solamente obtener medios para vestirse y alimentarse.
A la esquizofrenia paranoide s
e la vincula principalmente con conductas delictivas de carácter violento en las que las ideas persecutorias y delirios se van estructurando en confabulaciones violentas. La personalidad es fría, retraída y presenta hostilidad y agresión. Las conductas delictivas se caracterizan por ser de extrema violencia hasta totalmente sádicas. Estos crímenes generalmente son llevados a cabo hacia personas conocidas y el grupo familiar. La alucinación persecutoria promueve defensas agresivas que pueden llegar fácilmente al homicidio; incluso la práctica delictiva puede estar premeditada gracias a la alucinación estructurada. Aquí, como acontece en muchos casos, la conducta agresiva traduce la verdadera dimensión de la enfermedad mental.
En la psicosis paranoica existe una falla en el juicio de realidad que genera distorsiones en el contenido del pensamiento. Estas pueden ser:
- Ideas de referencia: son aquellas que le hacen pensar al sujeto que cualquier acontecimiento generalmente de índole catastrófica es por su causa.

- Ideas de control: cree que fuerzas ajenas a él, generalmente omnipotentes, controlan su vida y sus actos, ya sea Dios, los extraterrestres o un líder mundial. Dentro de las psicosis podemos encuadrar al fenómeno de las sectas. Se fundamentan en el pensamiento mágico e infantil, muchas veces florido de delirios místicos. El psicótico místico necesita de un guía o consejero espiritual que cumpla la función paterna, y al cual le rinde culto de modo irracional. Al poseer una personalidad endeble y confusa, se siente seguro al contar con alguien que le ordene el modo de actuar o de comportarse en todos los ámbitos. Como ejemplo podemos mencionar a los suicidios grupales producidos como consecuencia del establecimiento de un pacto previo entre las víctimas.
- Ideas persecutorias en las que el sujeto siente que es objeto de persecuciones que pueden estar parcialmente fundadas, pero no al grado en que éste las expresa. Fácilmente puede aparecer un acto delictivo como defensa ante la supuesta persecución. No hay arrepentimiento porque el delirante cree que obró en defensa propia. A veces los actos son explosivos como salida abrupta a una situación intolerable, pero también pueden ser planeados. El delirio querellante se basa en la reposición de un derecho por medio de trámites judiciales. En este caso, el psicótico considera que los testigos, los peritos y el juez se hallan confabulados contra él, por lo cual los calumnia y los acusa falsamente. Los delitos más comunes son calumnias, injurias, resistencia a la autoridad, acusaciones falsas y en casos extremos ataques materiales contra las personas.
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Ideas de grandeza: son aquellas ideas que le hacen creer que es omnipotente y de un poder absoluto, en donde puede tomar papeles como de Dios, de guía espiritual o salvador del mundo. Se relacionan con la delincuencia relativa a gastos desconsiderados y giros de cheque sin fondos. En los delirios místicos el delirante puede llegar a querer eliminar a todos los que se le oponen. En algunos casos logran convencer a los demás para cometer delitos colectivos.
Los contenidos distorsionados del pensamiento se pueden expresar de maneras coloquiales o cotidianas, como por ejemplo los celos excesivos que pueden dar origen a un crimen pasional. En el delirio sexual o erótico el delirante cree ser amado por alguien cuando en realidad no es así. El delito suele aparecer al intentar obtener sus derechos como ser amado, pudiendo llegar a acosar al objeto de su obsesión hasta con conductas agresivas. En el caso de los delirios de celos incluso los actos más inocentes son considerados como prueba de infidelidad del cónyuge o amante. Este tipo de delirio suele provocar homicidios o lesiones graves que se extienden incluso a los hijos y puede concluir con el suicidio del delincuente.
La psicosis maníaco - depresiva se caracteriza por la aparición de estados maníacos y depresivos de forma alternada. En el episodio maníaco no concibe la posibilidad de fracaso. Por eso desprecia las vallas opuestas por las consideraciones sociales, las normas éticas, las prohibiciones jurídicas y se lanza a actividades que pueden desembocar en delitos como estafas (gira cheques sin fondo, quiebra en virtud de operaciones arriesgadas), abusos sexuales, robos, calumnias e insultos contra los que se le oponen y contravenciones. Asimismo, en los estados de excitación pueden surgir conductas agresivas hacia otros o hacia sí mismo, que se traducen en lesiones u homicidio, ya sea de manera imprudente o por omisión.
En cambio, el episodio depresivo se caracteriza por la pérdida de interés o de placer en casi todas las actividades habituales. El melancólico vive angustiado, vivencia que el porvenir sólo le ofrece sufrimientos. Algunas de las expresiones son pérdida de la energía, retraso en la actividad psicomotora, autoreproche o culpa excesiva y la ideación o acción suicida. No es raro que, por un proceso proyectivo, se piense que los padres, hermanos, hijos, esposa, tengan ante sí un futuro doloroso que es preciso evitarles; de ahí los homicidios piadosos en ellos perpetrados para prevenirles el sufrimiento.
El psicópata, que aparenta ser una persona encantadora y pacífica, en muchas ocasiones se crea un imaginario fantástico para justificar sus crímenes. Desprecian los deseos, derechos o sentimientos de los demás. Frecuentemente engañan y manipulan con tal de conseguir provecho o placeres personales. Pueden mentir reiteradamente, utilizar un alias, estafar a otros o simular una enfermedad. Suelen ser indiferentes o dar justificaciones superficiales por haber ofendido, maltratado, robado o matado a alguien, culpando a las víctimas por ser tontos, débiles o por merecer su mala suerte. No siente remordimiento ni arrepentimiento, suele ser frío y déspota. Es difícil lograr adjudicarle con certeza un delito, ya que éste generalmente ha sido planificado de modo inteligente y con arreglos perfectos con el objeto de mantenerse impune.

En el retraso mental grave la criminalidad está relacionada con accesos de furia, tales como auto o heteroagresiones, incendios, daños, delitos contra la propiedad o contra el pudor y la libertad sexual. En los débiles mentales se presentan numerosas oportunidades para delinquir, fundamentadas por la escasez de frenos inhibitorios que impidan la comisión del acto delictivo. Su influenciabilidad los hace presa fácil de otros delincuentes que los inducen a cometer actos ilícitos.
En la demencia se destruyeron las inhibiciones conscientes, por lo que la conducta se torna inadecuada, y se llegan a cometer los delitos más variados. Estos generalmente son cometidos descaradamente, ya que falta una clara consciencia de gravedad. Son comunes los delitos de índole sexual.
Este artículo intentó ser una reflexión general acerca de algunos cuadros psicopatológicos y de su relación con las conductas delictivas. De allí la importancia del perito psicólogo y psiquiatra en el exámen de cada caso en particular.

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lunes 1 de diciembre de 2008

El bielsismo, un fenómeno mucho más que futbolítico - Colaboración para Perfil.com -


En una sociedad casi sin referentes o modelos de conducta válidos, un simple director técnico de fútbol puede ser mucho más que eso. Y ello es lo que ocurre con Marcelo Bielsa, el ex DT de la Selección Nacional que, más allá de eventuales éxitos y fracasos deportivos, viene cosechando en los últimos años una idolatria que excede claramente lo futbolístico.

No es nada casual, efectivamente, que entre aquellos que no dudan en considerarse "bielsistas" o fanáticos del entrenador una gran mayoría sean personas que no superaron la barrera de los 30 años. Porque esa juventud claramente no ve en él simplemente un técnico con ideas novedosas o revolucionarias en lo táctico, sino también alguien a quien puede admirar y emular por su actitud ante la vida en general.

Así lo reflejan varios sitios de Internet destinados a ensalzar la figura del entrenador rosarino, en los que las loas que le profieren se refieren mucho más a su personalidad que al juego de sus equipos o a los postulados futbolísticos que pregona.

"Sincero", "honesto", "frontal", "puntilloso" y "obsesivo por el trabajo" son sólo algunos de los adjetivos que el hoy seleccionador de Chile recibe en esos verdaderos clubes de fans que tiene en la web, como el fotolog Iglesia Bielsista o el grupo Locos por Bielsa de Facebook , donde los devotos del Loco le agradecen por "todo lo que nos enseñaste en esta vida" como uno mismo de ellos dice.

Mucho más que una forma de entender y jugar al fútbol que marque un antes y un después en la historia de este deporte -que, por otra parte, él mismo niega haber creado al confesarse seguidor del trabajo de técnicos que lo precedieron-, Bielsa concretamente encarna hoy códigos, valores e ideales muy seductores para una juventud que no los encuentra en personalidades de otros ámbitos, pero que no por ello se resigna o deja de buscarlos.

Así lo afirma la Licenciada Marina Alfonsín, psicóloga especialista en niños y adolescentes para quien la necesidad de construir figuras míticas puede ser uno de los principales propulsores de este fenómeno: "En la infancia -dice-, los padres se constituyen como ídolos de sus hijos, pero es esperable que al llegar a la adolescencia los jóvenes busquen modelos extrafamiliares que les permitan identificarse y tomar un ejemplo a seguir".

"Esto -continúa diciendo Alfonsín- es común a todas las épocas. Lo que cambia según el tiempo del que se trate es el tipo de personaje que ayuda a esta construcción de identidad. Hace muchos años se admiraba a los personajes históricos y sus travesías épicas, pero hoy lo que caracteriza a los ídolos es lo masivo y lo mediático; es decir, aquello favorecido o difundido por los medios de comunicación".

Además de la falta de referentes en este sentido que actualmente se registra en terrenos como el de la política, donde tiempo atrás los jóvenes solían canalizar esta búsqueda de líderes o modelos, el increíble fanatismo que Bielsa despierta en muchos se explica entonces no sólo en la necesidad de encontrar este tipo de figuras, sino también en la difusión que sus actitudes reciben de parte de un periodismo siempre dispuesto a amplificarlas o a potenciar su misticismo.

Al fin y al cabo, Bielsa no ha aportado a este endiosamiento del que es objeto mucho más que su apego a principios de trabajo que, lejos de ser alabados como lo son, debieran considerarse la norma y no algo excepcional, por más que -especialmente para los jóvenes- no sean precisamente fáciles de asociar con la sociedad argentina y el ámbito futbolístico en particular.

Claro que también contribuyen a esta manía bielsista la imagen de Loco del técnico y su historia de muchacho rebelde, que desafió el destino que le deparaba el provenir de una familia acomodada de Rosario para dedicarse al fútbol. Y también, por supuesto, tiene su parte en esto el juego vertiginoso que siempre caracterizó a los equipos dirigidos por Bielsa, que aún sin llenar la vista puede resultar un oasis en un contexto caracterizado por sistemas ultradefensivos.

De nada servirían esos ingredientes, sin embargo, si no fuera por el tributo y la difusión que dan a las actitudes del DT muchos periodistas que, por ignorancia, comodidad o genuino deslumbramiento juvenil, sucumben ante la tentación de asignarle el rótulo de sabio o de erigirlo en "bandera" de un nuevo credo futbolístico.

Mucho más que cualquier virtud del entrenador, en definitiva, esta tendencia juvenil demuestra esa necesidad que, pese al paso de los tiempos, la juventud siempre tendrá por encontrar modelos o referentes. Y también, la terrible influencia que los medios ejercen hoy sobre ese tipo de elecciones, al proveer a algunos personajes de ese marketing que jamás tendrán otros seguramente más dignos de ocupar el rol de ejemplo.

martes 1 de abril de 2008

La novela familiar del neurótico


La novela familiar tiene como centro el complejo de Edipo, el complejo de castración y las teorías sexuales infantiles. Cae bajo la férula de la represión y en parte se va a recuperar en un análisis. Por todo ello me parece interesante publicar el artículo completo de Freud: "La novela familiar del neurótico" (1909). Así comienza:

Cuando el individuo, a medida de su crecimiento, libérase de la autoridad de sus padres, incurre en una de las consecuencias más necesarias, aunque también una de las más dolorosas que el curso de su desarrollo le acarrea. Es absolutamente inevitable que dicha liberación se lleve a cabo, al punto que debe haber sido cumplida en determinada medida por todo aquel que haya alcanzado un estado normal. Hasta el progreso mismo de la sociedad reposa esencialmente sobre esta oposición de las generaciones sucesivas. Por otra parte, existe cierta clase de neuróticos cuyo estado se halla evidentemente condicionado por el fracaso ante dicha tarea. Para el niño pequeño los padres son, al principio, la única autoridad y la fuente de toda fe. El deseo más intenso y decisivo de esos años infantiles es el de llegar a parecérseles - es decir, al progenitor del propio sexo -; el deseo de llegar a ser grande, como el padre y la madre. Pero a medida que progresa el desarrollo intelectual es inevitable que el niño descubra poco a poco las verdaderas categorías a las cuales sus padres pertenecen. Conoce a otros padres, los compara con los propios y llega así a dudar de las cualidades únicas e incomparables que les había adjudicado.

Pequeñas experiencias de su vida infantil, que despiertan en él un sentimiento de disconformidad, lo incitan a emprender la crítica de los padres y a aprovechar, en apoyo de esta actitud contra ellos, la ya adquirida noción de que otros padres son, en muchos sentidos, preferibles a los suyos. La psicología de las neurosis nos ha enseñado que a este resultado coadyuvan, entre otros factores, los más intensos impulsos de rivalidad sexual. Las ocasiones que los motivan tienen por tema evidente el sentimiento de ser despreciado. Son frecuentísimas las oportunidades en las cuales el niño es menospreciado o en que por lo menos se siente menospreciado, en las cuales siente que no recibe el pleno amor de sus padres o, principalmente, lamenta tener que compartirlo con hermanos y hermanas. La sensación de que su propio afecto no es plenamente retribuido se desahoga entonces en la idea, a menudo conscientemente recordada desde la más temprana infancia, de ser un hijastro o un hijo adoptivo. Numerosas personas que no han llegado a la neurosis recuerdan a menudo ocasiones de esta especie, en las cuales, influidos generalmente por alguna lectura, interpretaron así las actitudes hostiles de los padres y reaccionaron en consecuencia. Ya aquí se evidencia, empero, la influencia del sexo, pues el varón se inclina mucho más a desplegar impulsos hostiles contra el padre que contra la madre, y mucho más también a liberarse de aquél que de ésta. A este respecto, la actividad imaginativa de la niña tiende a ser mucho más atenuada. Estos impulsos psíquicos de la infancia, conscientemente recordados, nos ofrecen el factor que ha de permitirnos comprender el mito [del nacimiento del héroe].

Este incipiente extrañamiento de los padres, que puede designarse como novela familiar de los neuróticos, continúa con una nueva fase evolutiva que raramente subsiste en el recuerdo consciente, pero que casi siempre puede ser revelada por el psicoanálisis. En efecto, tanto la esencia misma de la neurosis como la de todo talento superior tienen por rasgo característico una actividad imaginativa de particular intensidad que, manifestada primero en los juegos infantiles, domina más tarde, hacia la época prepuberal, todo el tema de las relaciones familiares. Un ejemplo característico de este tipo particular de fantasías lo hallamos en el conocido ensueño diurno, que persiste mucho más allá de la pubertad. Examinando detenidamente estos sueños diurnos, compruébase que sirven a la realización de deseos y a la rectificación de las experiencias cotidianas, persiguiendo principalmente dos objetivos: el erótico y el ambicioso, aunque tras este último suele ocultarse también el fin erótico. Hacia la época mencionada, la imaginación del niño se dedica, pues, a la tarea de liberarse de los padres menospreciados y a reemplazarlos por otros, generalmente de categoría social más elevada. En esta relación el niño aprovechará cualquier coincidencia oportuna que le ofrezcan sus experiencias reales - como los encuentros con el señor feudal o el terrateniente, si vive en el campo, o con algún dignatario o aristócrata en la ciudad -, despertando dichas vivencias casuales la envidia del niño, que luego se expresa en la fantasía de sustituir al padre y a la madre por otros más encumbrados. La técnica aplicada para realizar tales fantasías - que en ese período son, por supuesto, conscientes - depende de la habilidad y del material que el niño encuentre a su disposición. También es importante considerar si las fantasías son elaboradas con mayor o menor afán de verosimilitud. Esta fase se alcanza en una época en la cual el niño ignora todavía las condiciones sexuales de la procreación.

Poco después, cuando el niño llega a conocer las múltiples vinculaciones sexuales entre el padre y la madre, cuando comprende que pater semper incertus est, mientras que la madre es certissima, la novela familiar experimenta una restricción peculiar: se limita en adelante a exaltar al padre, pero ya no duda del origen materno, aceptándolo como algo inalterable. Esta segunda fase (sexual) de la novela familiar es sustentada asimismo por otra motivación que falta en la primera fase (asexual). Con el conocimiento de los procesos sexuales surge en el niño la tendencia a imaginarse situaciones y relaciones eróticas, tendencia que es impulsada por el deseo de colocar a la madre - objeto de la más intensa curiosidad sexual - en situaciones de secreta infidelidad y de relaciones amorosas ocultas. De tal modo aquellas primeras fantasías, en cierto modo asexuales, se ponen a la altura de los nuevos conocimientos adquiridos. Además, el tema de la venganza y de la ley del talión, que en la fase anterior ocupaba el primer plano, reaparece también aquí. por regla general, estos niños neuróticos son precisamente aquellos que fueron castigados por sus padres para corregir sus hábitos sexuales y que ahora se vengan de ellos mediante tales fantasías.

Los hermanos menores son los que más particularmente tienden a utilizar estas creaciones imaginativas para privar a los hermanos mayores de sus prerrogativas (igual que sucede en las intrigas históricas) y a menudo no vacilan en adjudicar a la madre tantas relaciones amorosas ficticias como competidores fraternos encuentran. Puede darse entonces una interesante versión de esta novela familiar, en la cual su protagonista y autor vuelve a reclamar la legitimidad para sí mismo, mientras que elimina a los hermanos y hermanas, proclamándolos ilegítimos. Otros intereses particulares pueden orientar asimismo la novela familiar cuyas múltiples facetas y cuya vasta aplicabilidad la tornan accesible a toda clase de tendencias. Así, por ejemplo, el pequeño fantaseador puede eliminar la prohibitiva relación de parentesco con una hermana a la cual se siente sexualmente atraído.

Quien se sienta inclinado a apartarse con horror de esta depravación del alma infantil, y aun esté tentado de negar que tales cosas sean posibles, habrá de tener en cuenta que todas estas obras de ficción, aparentemente tan plenas de hostilidad, no son en realidad tan malévolas, y hasta conservan, bajo tenue disfraz, todo el primitivo afecto del niño por sus padres. La infidelidad y la ingratitud son sólo aparentes, pues si se examina en detalle la más común de estas fantasías novelescas, es decir, la sustitución de ambos padres, o sólo del padre, por personajes más encumbrados, se advertirá que todos estos nuevos padres aristocráticos están provistos de atributos derivados exclusivamente de recuerdos reales de los verdaderos y humildes padres, de modo que en realidad el niño no elimina al padre, sino que lo exalta. Más aún: todo ese esfuerzo por reemplazar al padre real con uno superior es sólo la expresión de la añoranza que el niño siente por aquel feliz tiempo pasado, cuando su padre le parecía el más noble y fuerte de los hombres, y su madre, la más amorosa y bella mujer. Del padre que ahora conoce se aparta hacia aquel en quien creyó durante los primeros años de la infancia; su fantasía no es, en el fondo, sino la expresión de su pesar por haber perdido esos días tan felices. Así, en estas fantasías vuelve a recuperar su plena vigencia la sobrevaloración que caracteriza los primeros años de la infancia. El estudio de los sueños ofrece una interesante contribución a dicho tema, pues su interpretación enseña que, incluso en años avanzados, cuando en un sueño aparecen las figuras encumbradas del emperador y de la emperatriz, ellas representan siempre al padre y a la madre del soñante. De donde la sobrevaloración infantil de los padres subsiste asimismo en los sueños de los adultos normales.

viernes 20 de julio de 2007

¿Verdades míticas? - Mito y realidad -


Quienes nos encontramos inmersos en el psicoanálisis no podemos dejar de reconocer que en sus orígenes, diversos autores apelaron a los mitos para transmitir sus pensamientos, considerándoselos en nuestros días un tema tan vigente como histórico. Responder qué es un mito es una pregunta que se torna difícil, ya que muchas son las respuestas que se vienen dando de acuerdo a preferencias y filiaciones del saber.

Desde la filosofía, Ferrater Mora (1) lo define como el relato de algo fabuloso que se supone acontecido en un pasado remoto y casi siempre impreciso, referente a la acción de las cosas personificadas. El mito queda así vinculado irreversiblemente a la personificación de las cosas, a una concepción según la cual los seres y fenómenos son convertidos en dioses. Vemos así como el mito equivale a una explicación simbólica de algo que no puede ser demostrado. Es una explicación ingenua, arbitraria y ficticia, que tiende a expresar hondos problemas en virtud de una transformación de la realidad natural. Surgen del intolerante hecho de ignorar, no saber e intentar dar explicaciones para resolver los enigmas que rodean a la humanidad. Por consiguiente, el simbolismo detrás de todo mito será una tarea ardua de la cual se ocupará el psicoanálisis.

Desde el comienzo de su obra, Freud se basó en diversos relatos míticos para elaborar su doctrina, considerándolos como el más importante testimonio que se posee de las circunstancias de la humanidad primitiva. Es así como llega a comparar a los impulsos instintivos con entidades míticas. La interpretación psicoanalítica busca el porqué y el para qué del mito, en la certeza de que “es un drama humano condensado” (2). De este modo se torna evidente el gran valor y simbolismo del sentido oculto detrás del mismo, que a veces nos permite ahondar en las raíces profundas de determinadas culturas y civilizaciones.

El pensamiento mítico aporta fabulaciones sobre lo que se ve y no se comprende, siendo importante tenerlos en cuenta en la explicación del hombre. Freud lo ha puesto de manifiesto al afirmar que en lo más profundo del ser humano, una mitología latente tiene en las leyendas antiguas, no sólo ejemplos sino también principios de explicación; por el hecho de que una vida personal no se narra solamente sobre sí misma, ya que la historia se ofrece como una cuestión cultural. Por eso, los mitos dibujan las aprehensiones del pensamiento, del deseo, de la imaginación. Esto fue lo que lo llevó a hacer de los mitos más antiguos, las primeras estructuras en función de las cuales se definen las reacciones y comportamiento humano, pudiendo decir que existe una captación legendaria de lo real, donde el mito interviene para dar sentido a la actualidad (3). No plantea problemas, sino que da por resuelto los dilemas. El mito sirve para entender y ordenar al ambiente y a uno mismo; por su camino se intenta llegar a una comprensión profunda de los fenómenos humanos y de la naturaleza.

Al momento de considerar los mitos, es importante tener presente que de hecho, no ha ocurrido lo que dice el relato, pero que, de algún modo, lo que expresan responde a lo real. Podemos considerar entonces al mito como un modo de expresar ciertas verdades psíquicas que no pueden ser expresadas de otro modo. Plantean respuestas a los grandes interrogantes universales (origen, incesto, maternidad, muerte, destino, etc.). Se presentan para elaborar una serie de hipótesis en torno a dar una respuesta a un gran enigma. Cabe preguntarse entonces, por qué lo mítico tiene un lugar de privilegio en el discurso psicoanalítico en la constitución de la subjetividad. Podemos pensar que cada respuesta será individual, respondiendo a la particularidad de cada paciente, a pesar que el interrogante se presenta como cultural. Lacan da al mito un carácter estructural, es decir que lo sitúa más allá de cualquier invención subjetiva. Le otorga, de igual manera, carácter de ficción: "El mito es lo que da una forma discursiva a algo que no puede ser transmitido en la definición de la verdad" (4). Es puesto allí en donde el acceso a la verdad se torna en un imposible, en tanto ésta tiene estructura de ficción. Darle carácter estructural al mito, lo aleja de su condición histórica, y le da todo su peso lógico en la estructuración subjetiva (mito edípico). Es decir, opera como lenguaje, en el orden de una organización simbólica necesaria para que un sujeto aparezca. El mito permitirá desplegar en escena la dramática por la que se encuentra atravesado el paciente. El analizante, en la medida en que se vea conmovido por el drama del mito edípico, se ubicará como personaje protagónico de la tragedia, expresando así su singularidad. Podemos pensar, entonces, que el mito actúa como sostén del deseo del analizante. Freud, en La novela familiar del neurótico (5), nos indica que los impulsos psíquicos de la infancia permitirán comprender el mito del nacimiento del héroe. Este relato legendario refleja la mitología con la que el sujeto organizará sus relaciones familiares.

La palabra no puede captarse a sí misma ni captar el movimiento de acceso a la verdad como verdad objetiva. Sólo puede expresarse de modo mítico.
La experiencia analítica está plagada de mani- festaciones que, hablando estrictamente, se tratan de mitos. Freud no se cansó de repetir que el sueño, lo mismo que el síntoma y las formaciones del inconsciente, son una realización de deseos. En Lo Inconsciente, Freud plantea que “Una pulsión no puede devenir nunca objeto de la consciencia. Únicamente puede serlo la idea que lo representa. (...) Si la pulsión no se enlazara a una idea ni se manifestase como un estado afectivo, nada podríamos saber de él” (6). Podemos, entonces, considerar en la práctica analítica a los mitos como representaciones que nos permiten escuchar a las pulsiones. El paralelo del sueño con el mito nos señalará que éste también tiene una condición de acto psíquico, que representa una tentativa de elaboración de situaciones ligadas a traumas, deseos reprimidos y montantes de angustia; que apela, para esa elaboración, a una ficción imaginativa (fábula) en la cual la narración verbal sustituye a la concretización en imágenes visuales; que también deforma y disimula su contenido e intención más directa; que en él se expresa el pensamiento mágico pero mucho más sometido a las exigencias del raciocinio.

Mauricio Abadi (7) define al mito como una producción preñada de sentido, y caracterizada por ser una tentativa de elaboración de situaciones traumáticas o de frustrados deseos prohibidos, mediante el pensamiento mágico. Los relatos míticos intentan organizar situaciones caóticas, ponerle máscara al vacío, llenar de sentido y dar explicaciones sobre aquello que no se puede comprender. Como psicoanalistas, debemos trabajar con los mitos que sostiene el paciente, teniendo por tanto presente que el mito no debiera ocultar la angustia, ni actuar como obstáculo ante el despliegue del deseo. Lo que permitirá el análisis, será cuestionar los relatos míticos, desarmando el sentido de los mismos. El paciente, al evocar el relato mítico, cuestiona su drama; es decir, resignifica su presente. Será una tarea ardua del psicoanálisis encontrar las vacilaciones de la historia mítica, muchas veces cristalizada, permitiendo que por las fisuras y ambigüedades del discurso se filtre el deseo del paciente.

Marina V. Alfonsín

(1) José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía
(2) Roberto Doria Medina Eguía, Amerindia: mitos y psicoanálisis
(3) Leopoldo Müller, Como sabe el mito que sabe,
Rev. Relaciones,
nro.112, 1993
(4) Jacques Lacan, El mito individual del neurótico,
Intervenciones
y textos 1
(5) Sigmund Freud, La novela familiar del neurótico
(6) Sigmund Freud, Lo Inconsciente
(7) Mauricio Abadi, Renacimiento de Edipo

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viernes 6 de julio de 2007

"Reflexiones sobre el Psicoanálisis con niños"



- ¿Hay un psicoanálisis de niños? -

«Si emprendemos el análisis de niños con la mente abierta, podemos descubrir caminos y medios para explorar las profundidades más recónditas y por los resultados de estos procedimientos podemos darnos cuenta de cuál es la verdadera naturaleza del niño, y vemos que no es necesario imponer restricción alguna al análisis tanto en lo que respecta a la profundidad como en lo que respecta al método con el que trabajemos....».Melanie Klein, 1927

Al haber incursionado en la clínica de niños me he planteado determinadas cuestiones que me han llevado a reflexionar si es lícito distinguir entre un análisis de niños y otro de adultos. La respuesta que cada analista se dé a la pregunta “¿qué es un niño?” incidirá en sus intervenciones, su concepción de la cura y del fin de análisis.

Apoyadas en Freud, las teorías evolutivas del crecimiento asimilaron sin especificar diferencias la edad cronológica de los niños al desarrollo de etapas. En oposición a esta postura, algunos analistas han desechado toda distinción entre un niño y un adulto. Ambas posiciones se contraponen para legitimizar o invalidar al psicoanálisis de niños. Podemos afirmar que es al sujeto al que se dirige todo psicoanálisis cada vez que se recibe la consulta por un niño, apuntando a localizar el tiempo del sujeto y las operaciones incumplidas para su efectuación en la estructura, ya sea como sujeto del inconsciente, subsidiario del deseo, de la pulsión y sus goces o bien del fantasma en el que los articula. Delimitar los tiempos en la consolidación de la estructura permite definir el lugar de los padres, de los juegos, de los juguetes o bien de los dibujos en el encuentro con el sujeto para cada tiempo de la infancia, así como decidir cuándo intervenir y cuándo concluir nuestra intervención, es decir, ubicar el fin de análisis en los tiempos de la infancia. Alba Flesler sostiene que “los tiempos del sujeto no requieren especialistas de niños, reclaman especificidad del acto analítico, diferentes intervenciones según los tiempos de escritura del sujeto y del Otro en la estructura” (1) .

En los tiempos de la infancia se tenderá a la constitución del fantasma que sostenga el deseo, mensurando el acceso del sujeto al goce. Tanto niños como adolescentes plantean finalizar el análisis cuando se encuentran en la escena del mundo habilitados, gracias a ese enmarcado del fantasma, para orientar su deseo y su goce. Esta precipitación no ha de tomarse como un fin de análisis en tanto atravesamiento del fantasma, pero puede ser anticipo de un fin que podrá efectuarse en otro tiempo si el encuentro con el analista dio marco, abrió una puerta al sujeto.


¿LOS NIÑOS DEMANDAN ANÁLISIS?

Cuando los padres traen a su hijo a la entrevista de admisión, podría ser el comienzo de su propio análisis y no el del análisis del hijo, ya que este último forma parte del narcisismo de los padres y a veces ellos no tienen claro cuál es el límite entre la conflictiva de su hijo y la suya.
Sería apresurado sostener que el niño hace una demanda de análisis. Es momento oportuno para aclarar que toda demanda no implica una demanda de análisis. Demanda es demanda de amor, es decir el sujeto demanda ser el objeto amable para el Otro. Lacan expresa “yo no tomo alguien en análisis hasta que no hay una demanda de verdad” (2). Para Lacan demanda de verdad implica un posicionamiento del sujeto en un discurso, una relación del sujeto al saber, a la verdad y por ende a la falta. En ese sentido no podemos plantear para el niño una demanda de verdad porque justamente la estructura no terminó este tiempo de abrochamiento del fantasma fundamental que es la orientación de la búsqueda de saber que le permita preguntarse; el preguntarse implica una relación del sujeto a la verdad y al saber, pero de todos modos podemos decir que en la niñez hay demanda.
Generalmente el niño es traído a la consulta, lo que lo ubicaría en posición de objeto. Esta particularidad del análisis hace que tengamos que escuchar y alojar a los padres, pues necesitamos que la transferencia con los padres se instale. Han depositado un saber en nosotros para resolver la conflictiva de su hijo.


Demanda de análisis des-esperada de un niño


A continuación quiero compartir dos viñetas que me llevaron a plantearme ¿Todo niño es traído a la consulta? ¿Puede haber una demanda propia del niño y a la vez diferente a la demanda de análisis por parte de los padres? ¿Se puede empezar tratamiento sin el deseo de análisis del niño?

Este es el caso de un chico de 8 años, al que llamaré Lucas, y tuve oportunidad de conocer mientras realizaba una pasantía en un colegio primario. Al encontrarse la puerta entreabierta del gabinete psicopedagógico, Lucas ingresó y cuestionó: “A mí nunca me llaman para que venga”. Lo invité a pasar y le pregunté por qué quería venir, a lo que me respondió: “no sé... quiero dibujar”. Me contó que tenía una hermanita con quien le gustaba jugar. Le pedí que dibujara a su familia. Dibujó a la abuela, al abuelo y a él mismo en el medio. El gráfico ocupó el cuadrante superior izquierdo de la hoja y las figuras humanas no contaban con pupilas. Le pregunté si tenía algo para agregar y expresó: “mi papá está internado, no tiene fuerzas para caminar, se siente mal”.

Pude averiguar al respecto que la madre de Lucas falleció a raíz de haber estado infectada por el S.I.D.A. cuando él tenía 2 años, y su padre también portador se hallaba internado en estado terminal. En ese momento Lucas vivía con los abuelos paternos y visitaba regularmente a su hermana de 1 año y medio, fruto del segundo matrimonio del padre. Respecto a ello la maestra comentó que Lucas se manifestaba responsable, inteligente y ávido de aprender e incorporar conocimientos, pero que las últimas semanas lo había notado triste.

Este niño de tan solo 8 años debió plantear por motus propia una demanda des-esperada de tratamiento, ya que no había sido convocado al gabinete a pesar de su situación familiar y el estado de salud terminal de su padre. No se tuvieron en cuenta las fantasías y la angustia que podrían desprenderse a raíz de la grave enfermedad del padre.

No es aleatorio para el colegio que este chico de buena conducta y buen rendimiento escolar no haya sido entrevistado en otras oportunidades, ya que no genera problemas de conducta que provoquen conflictos con otros compañeros e inconvenientes a nivel grupal, desestimándose así los conflictos subyacentes inconscientes.


Demanda del niño versus la demanda materna


Tomando en cuenta los motivos por los que consultan los padres, pueden existir diferencias entre lo que son los síntomas para los padres o los maestros y la propia consideración hecha por el niño sobre aquello que lo hace pensar, que lo martiriza y lo torna insoportable para su entorno e infeliz para sí mismo. A veces parecen no coincidir los motivos de consulta de los padres y del niño en cuestión. Esto lo pude comprobar con Pedro, de 11 años, cuya madre relata: “creo que está enojado con esto de la enfermedad. En febrero me desmayé, estuve 40 días internada, me operaron del corazón. Tengo síndrome de QT prolongado, y a todos mis hijos también se lo detectaron”. Agrega que actualmente están tomando medicación y no pueden hacer actividad física. Como motivo de consulta refiere que viene por “la conducta de Pedro y porque no me dice lo que le pasa realmente; hace burlas, gestos y molesta a los demás”. Asimismo agrega: “Lo que siempre me jodió fue el tema del papá: se puso de novio y no lo saludó más; tiene una hija de un año y medio”.

Cuando entrevisté a Pedro manifestó curiosidad, misterio y desconcierto por el tema sexual. En la primer entrevista dijo que venía porque“cargo, hago lío, a mis compañeros los molesto para llamar la atención. A veces me porto mal porque mi señorita nos grita”. A continuación comenta que tuvo que resolver un problema matemático. El mismo hacía referencia a que “un elefante comía 500 kilos de paja”. Toda la clase se rió; él, como estaba distraído, no entendió el doble sentido desde el principio, y cuando lo comprendió fue el último en reírse, lo que le costó un reto de la maestra: “después vamos a hablar... ¿vos te hacés la paja o ellos?”. Durante gran parte de la sesión manifestó que pensaba ir a contarle lo sucedido a la directora o hacerle un juicio a la maestra. “Mi tía no me cree ésto. Tenía miedo de ir a dirección y que me pase algo, que crean lo que dice la señorita y no me crean a mí porque ella es una persona de confianza, y no la echen, no le digan nada”...“En 3º grado me rompieron la boca porque las maestras no estaban mirando, se me cayeron todos los dientes, por suerte me pusieron fluor”.

Como recorte de las entrevistas preliminares extraje las siguientes frases que grafican el tiempo por el cual Pedro está transitando: “Yo miraba el programa ¨Disputas¨; vi una vez pero no mucho. Vi el final y chau, vi el tercero, el anteúltimo y el último. Mis compañeros se vieron desde el principio”. De sus compañeros expresa: “Una chica Mariela dijo que iba a co, co, (risas) coger con el chico que le gustaba si era el novio... lo dijo por mí, no por otro chico”...“Las chicas querían jugar a la mancha y les dijimos que no; jugaron 10 chicos de 4º, pero cómo las tocaban”... “Daniel y Gabriela andan a los besos y nada, yo también, 5 días con Mariela y chau”... “Yo le dije que era una puta porque se deja tocar”... “Las chicas son re-zarpadas, ven a la seño de inglés embarazada y quieren tener un bebé”...“Me gustan tres; te pegan si las tocas, son re-cuidadas”. “Hablamos con la señorita qué hace el hombre con la mujer y eso las excita a las chicas”, “Mi mamá no quiere ser abuela; mi hermano tiene 17 y la novia 17 y es re-grande”. Respecto de las maestras refiere: “Ni ellas están informadas. Todo chusmerío, chusmerío, una nena me dijo que trajeron una revista porno, no me acuerdo quién me lo dijo”.


La madre se muestra preocupada porque Pedro “no cuenta lo que le pasa realmente”. Esto que le pasa la madre lo asocia a la enfermedad hereditaria familiar que se le detectó este año. Sin embargo, el motivo de consulta de Pedro se circunscribe al segundo despertar sexual. El inicio del drama puberal parece ser el tema que desvela el interés de este pre-púber, según lo corroborado en las entrevistas preliminares. Es probable que con el transcurso del análisis aparezca el tema de la enfermedad, pero como se observa no fue incluido en la demanda.

SINTOMATOLOGÍA EN LA INFANCIA


Lacan define al síntoma como representante de la verdad y sostiene que “en los niños hay dos clases de síntomas: los que están verdaderamente relacionados con la pareja parental, y los síntomas que, ante todo, están en la relación dual del niño y la madre”(3). La sola existencia del síntoma no basta para desencadenar el pedido de análisis. En efecto, el síntoma puede ocasionar sufrimiento, malestar y desdicha, pero si no hay pregunta que se formule a partir de éste, la puerta al dispositivo analítico estará cerrada. En el Seminario 10 dice Lacan que el síntoma se basta a sí mismo y no necesita del Otro.
El paso hacia el análisis implica una transformación, ya que supone la creencia en que el síntoma quiere decir algo que habrá que descifrar. Dimensión, pues, que ya incluye al Otro. Lacan señala que, para que el síntoma salga del estado en que aún no estaría formulado, es necesario que el sujeto advierta que hay una causa. Es por el tiempo del sujeto que el niño no llega a formularse una pregunta sobre su síntoma. Quien se presenta sin pregunta alguna suele tener una teoría sobre su padecimiento; su teoría le brinda algún sentido al sufrimiento. Dándole sentido, cierra el enigma, pero al hablar también abre; y si es que logra hablar dirá más de lo que sabe. Si la infancia se cursa con síntomas, según lo recuerda Freud, ¿cuándo será el momento indicado para consultar por un niño?. La respuesta es simple: Cuando hay síntomas del detenimiento de los tiempos del sujeto en la infancia.


Quiero recordar el análisis de una nena de 6 años a la que denominaré Daniela. Su madre refiere como motivo de consulta que Daniela “se hace pis, se chupa el dedo, está muy distraída en el colegio, no completa las tareas y se quiere ir a jugar”. En una sesión hace un dibujo al que denomina “Un país que está lloviendo”; en otra, titula a su dibujo “Trueno porque llueve”; en otras sesiones aparecen en sus gráficos piletas y charcos de agua, así como manifiesta predilección por pintar con témperas. Se observa como Daniela intenta de manera artística dar nombre a su síntoma, la falta de control de sus esfínteres. Es interesante observar los distintos medios que utilizan los niños para comunicar lo que les pasa. En este caso Daniela con riqueza expresiva graficó su síntoma.


PENSANDO LA TECNICA PSICOANALITICA: “Una imagen vale mas que mil palabras”


Considero que sería caer en un pensamiento falaz creer que:

“Los pájaros se comunican cantando,
los niños solamente se expresan a través del dibujo
y el juego, y los adolescentes y adultos
sólo lo hacen por la escritura y el lenguaje”
Pensar así sería discriminar una clínica del juego para los niños y otra de la palabra para los adultos. La escucha analítica en cada caso en particular debe estar orientada al sujeto. Descartar de antemano la palabra, el juego o el dibujo coarta y rigidifica el despliegue analítico. No podemos desconocer que la relación que los niños tienen con la palabra es bastante diferente a la del adulto, porque el niño en general no le confía la manifestación de su vida interior. El niño recurre con más propiedad a la mímica, a la dramatización, al juego y al dibujo que a la palabra cuando se trata de lo más íntimo, de su afectividad, valiéndose de la palabra sobre todo para comunicaciones intersubjetivas del orden de la realidad social compartida. En las sesiones de niños predomina la acción. Las diferencias técnicas entre el psicoanálisis de niños y de adultos parecen a simple vista obvias: un diván y un sillón en un caso y un caja con juguetes y medios expresivos en el otro. Todos estos recursos serían, en última instancia, prescindibles. Lo más importante es la libre asociación, básica para el logro del análisis, y simétricamente acompañada por la atención flotante del analista.

Margaret Naumburg sostiene como principio que a través del arte “(...) el paciente comienza a proyectar en imágenes lo que no podía expresar en palabras. Tales imágenes pictóricas pueden escapar a la prohibición de la censura de un modo como las palabras no pueden hacerlo. Si esto ocurre, el paciente es confrontado con la evidencia de una imagen de su conflicto en forma de pintura. Cuando un impulso (o un fantasma, etc.) prohibido ha alcanzado tal forma fuera de la psiquis del paciente, éste logra un distanciamiento de su conflicto que a menudo lo capacita para examinar sus problemas con creciente objetividad. El paciente es así ayudado gradualmente a reconocer que sus producciones artísticas pueden ser consideradas como un espejo en que él comienza a develar sus propias motivaciones” (4). Esto demuestra que las expresiones artísticas no son exclusivas del trabajo analítico con niños.

Como las imágenes visuales son más profundas y preverbales, es posible comprender a través de ellas los problemas, síntomas, fantasías, traumas, recuerdos reprimidos y censuras de forma clara y directa, y experimentar los efectos con que están cargadas. Es conocido el proverbio “una imagen vale más que mil palabras”; en este sentido, el arte visual puede traer un trauma a la conciencia en forma menos amenazante que las palabras. No pocas experiencias son casi imposibles de contar en voz alta. Los analistas sabemos que ésta es una verdad indiscutible. En el mejor de los casos se necesita un largo tiempo. Alguien puede estar pintando o expresando afectos o fantasías que no son accesibles a través de la palabra.

Por otra parte, Winnicott sostiene que “la terapia sólo puede comenzar cuando se le ha permitido al paciente tener la capacidad de jugar”(5). El análisis se desarrolla en la superposición de dos zonas de juego: la del paciente y la del analista. Está relacionado con dos personas que juegan juntas. Esta referencia de Winnicott al juego como fundamento del análisis permite, primero, relativizar la diferencia entre juego y trabajo, y en segundo lugar mostrar hasta qué punto se aproxima el análisis de un adulto al de un niño. Si el paciente no puede jugar, se hace imprescindible realizar intervenciones que le posibiliten jugar. El analista debe ayudarlo a construir un espacio en el que el juego sea posible, construcción que se da en la relación transferencial.

Asimismo, Silvestre nos resume que “poco importa la extrema variabilidad de las técnicas y dispositivos operatorios; finalmente no habría más que un solo psicoanálisis y sería aplicable a los niños” (6).


TRANSFERENCIA CON EL NIÑO


En la Conferencia 34ª Freud se dedica a hacer un contrapunto entre el análisis de un adulto y el análisis posible de un niño. Expresa que “la transferencia desempeña otro papel, puesto que los progenitores reales siguen presentes (...) y por eso suele ser necesario aunar al análisis del niño algún influjo analítico sobre sus progenitores”. Alba Flesler agrega que “los padres reales están presentes aún” (2). El término “aún” introduce el tiempo actual, porque en realidad los padres están presentes en todo análisis. En el análisis de un adulto, los padres están presentes en el hablar del que vino a consultar por sí mismo. En el adulto neurótico, lo que retorna son los padres de la infancia, en cambio en los niños lo que se trata es lo real de los padres actuales de la infancia.


En la medida en que la transferencia ocupa otro lugar, es necesario entrevistar a los padres. Es decir, ser analistas con los padres, lo que no quiere decir “de” los padres. Desde el lugar de analistas, si los chicos son llevados al análisis porque tienen manifestaciones leídas por los padres como sintomáticas, se trata de analizar como síntoma la relación entre ellos y el niño.

La falta de saber es lo que lleva a que alguien se pregunte algo, pero para que alguien se formule una pregunta tienen que haberse dado las operaciones necesarias en los tiempos de la infancia. De hecho, en la clínica muchas veces se reciben adultos que no se preguntan por qué les pasa lo que les pasa. El preguntarse es un tiempo del sujeto que implica que el Otro haya sostenido la consistencia de un lugar. En un primer tiempo, el niño dirige su pregunta a los padres porque en la estructura ellos son la fuente de todo saber. En la primera pregunta, que es por el origen, por la causa, el niño se dirige al lugar del saber de los padres. Si los padres contestan, responden hasta un tiempo en que ese saber presenta su falla. Los chicos descubren que los padres no dicen todo. Nadie puede decir todo de lo real. Si lo simbólico funciona, ese real es legalizado y el niño podrá orientar su búsqueda de saber más allá de los padres, lo que permitirá que se establezca la transferencia con el analista.

BIBLIOGRAFÍA:

- Sigmund Freud: Conferencia 34ª de las “Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis”
- Jacques Lacan: Dos notas sobre el niño, en Intervenciones y Textos 2; Seminario 10
- (1) Alba Flesler: Revista Actualidad Psicológica Nº 309 La Consulta Terapeútica, “¿Cuándo consultar por un niño?, 2003
- (2) Alba Flesler: Seminario “El lugar de los padres en el psicoanálisis con niños”, 1998
- (3) Jacques - Alain Miller: Revista El carretel, “El niño, entre la mujer y la madre”
- (4) Daniel Marpartida: Revista Actualidad Psicológica Nº 305 Arte y Psicoanálisis, “Psicoanálisis por venir: Un presente por venir”, 2003
- (5) Beatriz Janin: Revista Actualidad Psicológica Nº 313 Tecnica en Clínica con Niños, “Psicoanalizando niños”, 2003
- (6) M. Silvestre: La neurosis infantil según Freud

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